La batalla del Oriente de Asturias

"Este excelente libro era necesario". Así se expresa Jorge M. Reverte en el prólogo a La batalla del Oriente de Asturias de Luis Aurelio González Prieto, que aquí reproducimos.

Este excelente libro era necesario. Por varias razones. Y la primera de ellas es de justicia: la batalla del Oriente de Asturias ha quedado en la historia de la guerra como un hecho de trascendencia limitada, pese a la importancia que tuvo en realidad. La resistencia de las tropas leales a la República en Asturias se convirtió en inútil debido a los fallos generalizados de la estrategia republicana y, sobre todo, por la auténtica traición de los nacionalistas vascos a la causa que defendían las tropas del Norte.
La historiografía nacionalista vasca suele mostrar a las tropas asturianas que acudieron desde el primer momento a defender Vizcaya como una especie de montonera formada por mineros fanfarrones de toda laya: desde los anarquistas que mataban en la retaguardia sin desmayo, hasta los indisciplinados de diversa ideología que después de luchar un día de forma ardorosa daban la espalda al enemigo al siguiente.
La historiografía franquista no fue más piadosa. Desde luego, por lo que se refiere a las acciones de la retaguardia. Pero su reconocimiento de que la lucha en Asturias fue difícil, tremendamente dura, tiende más a exaltar los méritos propios que las capacidades ajenas. Los audaces asaltos de las brigadas navarras a las posiciones defendidas por socialistas, anarquistas y comunistas asturianos están, en sus relatos, repletas de detalles de coraje y sacrificio, lo que no deja de contener elementos reales, pero olvida que esos asaltos iban precedidos siempre de una superioridad en armamento, en artillería y en aviación, que dejaba las posiciones defensivas machacadas y repletas de sangre antes de que los asaltantes se echaran a tomar las trincheras.
La campaña del Oriente de Asturias comienza con una traición, que es su prólogo. La entrega de los batallones nacionalistas vascos a las tropas italianas en Santoña. Una defección que se ha intentado mantener oculta durante muchos años. Las escasas tropas cántabras, los batallones vascos que no pertenecían al credo nacionalista, y los batallones asturianos, se quedaron con las espaldas desguarnecidas. Decenas de miles de gudaris se rindieron de forma vergonzosa a las tropas móviles italianas que les habían ofrecido, sin tener poder real para ello, la preservación de sus vidas. ¿Por qué lo hicieron? Por una razón que ahora se hace difícil de digerir, por considerar el Estado Mayor nacionalista que, perdido ya el territorio de Euskadi, aquella guerra ya no era suya. Los nacionalistas vascos pensaban incluso, de forma ilusoria, que podrían llegar a algún acuerdo con los franquistas. No en vano discrepaban de ellos en muy poco. Y coincidían en mucho, en el nacionalcatolicismo que envolvía toda su ideología. Para algunos dirigentes nacionalistas, la victoria de Franco sería accidental en cuanto a la democracia. Los Altos Hornos de Vizcaya estaban salvados, lo fundamental de la industria pesada seguía en pie, porque sus tropas habían evitado que los asturianos destrozaran las infraestructuras industriales que tan bien le vendrían después a Franco. Ya habría ocasión de llegar a algún arreglo con la oportuna mediación del Vaticano, lo que intentaron en febrero de 1937.
Cuarenta mil combatientes republicanos causaron baja en la defensa del Norte cuando se consumó la traición. Muchos vascos, es de decencia recordarlo, de filiación comunista, socialista y anarquista, permanecieron fieles a la República, pero el grueso del contingente que tuvo que encarar la resistencia era asturiano.
La defensa del frente oriental estaba condicionada por un hecho: la precariedad del armamento y la escasez de suministros. No había fusiles para todos los combatientes, no había apenas artillería, no había aviones. Ningún avión. El optimismo con que el general franquista afrontaba la ofensiva estaba justificado. Sus tropas estaban bien dotadas del armamento más moderno de la época. Buena artillería, sobre todo la aportada por la Legión Cóndor alemana; buenos aviones de caza y bombardeo, de las últimas generaciones producidas por las factorías de Italia y Alemania. Y, por supuesto, una tropa aguerrida, sedienta de victorias después de su arrollador paso por las tierras de Santander.
A esa situación ya no había manera de enfrentarse. El bloqueo naval establecido por la marina franquista era absoluto; y las posibilidades de recibir refuerzos desde la zona central controlada por la República eran nulas. Indalecio Prieto rumió durante toda la guerra su impotencia para enviar alguna aviación que permitiera equilibrar en parte la abrumadora superioridad material de los rebeldes en todos los terrenos.
Sin embargo, el optimismo de los franquistas se vio pronto defraudado por los hechos. Durante semanas, sus tropas repletas de optimismo se toparon con una resistencia feroz, apoyada en la abrupta geografía de la sierra de Cuera pero, sobre todo, en la firmeza de los combatientes republicanos que se negaban a ceder terreno pese a los salvajes bombardeos a que eran sometidas sus posiciones. Cuando un combatiente caía, había otro detrás que recogía su fusil y ponía su pecho ante las balas y la metralla.
Fueron semanas de una épica extraordinaria. Con un resultado final que estaba cantado, pero que no fue del todo inútil para la causa republicana. Esa resistencia alargó la posibilidad de la resistencia general del ejército popular, y se pudo aprovechar para reorganizar y rearmar al ejército del Centro.
Desde que fracasara el intento de Vicente Rojo, jefe del Estado Mayor republicano, de romper el dispositivo franquista en la zona de Brunete, el sacrificio del Norte estaba cantado. Hay quien sostiene que desde que se dio la primera traición, desde que las milicias del PNV dejaron, con su abstención, caer Irún y San Sebastián, lo que impidió los suministros terrestres a las tropas del norte.
Pero la resistencia asturiana dio un plazo de varias semanas a Rojo para montar su ofensiva sobre Teruel, lo que impidió la nueva ofensiva de Franco contra Madrid. Durante varios meses, la guerra estuvo sin decidir, porque Asturias colaboró de una forma fundamental en que la estrategia republicana de resistir hasta que se desatara la guerra europea estuviera muy cerca de obtener un resultado positivo.
A Asturias la dejaron sola los nacionalistas vascos y les dio la puntilla la actitud entreguista de los gobiernos conservadores ingleses, que mantuvieron con celo la política de No Intervención favorecedora en exclusiva de las políticas alemana e italiana en España.
No fue una resistencia estéril. Por lo menos, no fue una resistencia más estéril que la de la República en su conjunto. Después de la derrota, muchos de los hombres que habían defendido el Mazuco continuaron la lucha en el Ebro o en Cataluña.
En este libro se cuenta aquello con una erudición y una capacidad de análisis notables. Bienvenido.

Jorge M. Reverte, periodista, novelista e historiador.