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La segunda muerte de Cristo: "Sorprendente y ajena a cualquier moda"
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Así califica el crítico Adolfo Camilo Díaz la última novela de Luis Ricardo Alonso.
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LNE._ Sorprendente Adolfo Camilo Díaz Un fragmento siempre impactante de una obra de Van Gogh («La noche estrellada») llama la atención desde la portada de esta sorprendente propuesta literaria que Madú Ediciones incorpora a su catálogo: La segunda muerte de Cristo, de Luis Ricardo Alonso. Los terrores del fin del milenio llegan con retraso (en vez de llenar las estanterías de finales de los noventa, inflacionan las de la primera década de los 2000, 11-M y Dan Brown mediante) y la información en portadilla o en solapa de los libros -y más de éste- pueden confundir al lector. La obra de Ricardo Alonso no es una vuelta de tuerca sobre tópicos pseudohistóricos que, en clave de thriller, pongan al protagonista de turno ante la obligación de salvar el mundo combatiendo con tecnología «high tech» al «mad doctor» o al bioterrorista que corresponda. No? Y ahí comienzan las sorpresas. La segunda muerte de Cristo es un rara avis para talófilos, una extraña perla, escrita contracorriente. El argumento, más o menos lineal, es perfectamente contable: un telepredicador desea hacerse con un fragmento de la cruz del Gólgota, que se venera en un monasterio perdido en los montes asturianos. Allí se encontrará con la férrea oposición de un monje que se niega a cualquier tipo de utilización o manipulación de esa reliquia? Pero ahí acaba toda «linealidad» posible, toda estructura convencional reconocible. La novela (no sé si lo es: rompe cualquier idea preconcebida al uso), breve en sus formas, intensa en sus contenidos, podría pasar por un diálogo socrático entre protagonista y antagonista; circunstancialmente, es un ensayo sobre la mercantilización de la fe. El autor salpica un texto de tesis -no necesariamente compartible, pero con indiscutible pericia- con poemas, diálogos, monólogos? Hay un grueso conflicto moral y el autor lo resuelve con incursiones razonadas sobre cómo funcionan las multinacionales de la religión (sea la secta que sea, de las grandes a las diminutas) y una apuesta por la vuelta a los orígenes: «Entonces comprendió que había que aprender a morir todos los días y seguir viviendo. Y en el camino, amar sin pasar la cuenta. Dios no ha muerto mientras un hombre Le Dé un abrazo en silencio». Los arrebatos de ingenuo misticismo se compensan con ácidos análisis sobre la religobasura en todas sus variantes. Lo dicho: sorprendente y ajena a cualquier moda. Luis Ricardo Alonso es un cubano de raíces asturianas, catedrático emérito de literatura española de la Franklin & Marshall Collage de Pennsylvania y autor de larga y reconocible trayectoria (finalista del premio «Nadal» de 1969 con El candidato o premio «Asturias» de novela de 1995 con La estrella que cayó una noche en el mar) que hace un uso exquisito de todos los recursos que las distintas formas de lo literario le ofrecen. Cuando poemiza, los ecos de un Ángel González podrían encontrarse entre sus versos, llenos de una compartible sorna («Salvar a Dios / antes de que lo jubilen / sin Seguridad Social»)? Cuando dialoga, el peso de la tesis domina en los parlamentos infectándolos de una cierta afectación? Pero cuando describe, lo hace con una indiscutible altura literaria que podría llevarnos a las mejores páginas de un Carpentier o, por no salirnos de parecidos ámbitos de mentalidad, de un Cabrera Infante. «La vida es, con frecuencia, conducir de noche por una carretera con las luces apagadas», dice el omnisciente narrador de esta extraña y, en estricto sentido, siempre sorprendente novela que parece escrita (y muy bien) contra todo: mandatos editoriales, convencionalismos, imposturas.
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